lunes, 14 de enero de 2013

Capítulo 1: Ojos incoloros.

Abro los ojos tan lento, que sólo miro a mi alrededor a través de las cortinas que forman mis pestañas. A través de estas veo el suelo de madera, aún sin barrer desde la semana pasada y la camiseta que me puse el sábado, que está tirada junto al radiador. Luego miro a mi mesilla. Las 11:30 de la mañana. Domingo. Es ese día en el que huele a churros y chocolate por la mañana. Y por la tarde, o duermes o sales. Siempre. Hoy me toca lo segundo, por desgracia.
 Me incorporo mientras me froto los ojos, cuyos párpados no quieren terminar de abrirse de ninguna forma. No me calzo, no me apetece, aunque el suelo no esté precisamente impecable. Tampoco hago la cama. Resoplo. Debería ordenar esto un poco, pero nunca me apetece hacerlo. Soy un desastre, no lo puedo remediar.
Camino hacia la puerta y salto mi mochila tirada por el medio, con la que casi tropiezo. Mi reacción es darle una buena patada, pero me hago daño en el pie y enseguida me arrepiento. El pomo está frío y duro de girar, pero ya estoy acostumbrada. Abro la puerta y salgo al pasillo, que cruje bajo mis pies. Esto es lo que más odio de esta casa, que tiene unos 50 años de antigedad y todo está completamente suelto. Me pregunto si algún día se me caerá el techo encima. Hasta que eso pase, tendré que convivir con el ruido. Bajo los escalones, que hacen más ruido aún y giro hacia la puerta izquierda, la de la cocina. Allí está mi hermano mayor, Gavin, mojando un churro en su chocolate caliente. Y la novia de mi padre, Margaret, preparando unas tostadas. Papá debe de seguir dormido.

-Buenos días, Dakota. - saluda Margaret.- ¿Qué te apetece desayunar?

 Margaret es una mujer alta y esbelta, de caderas anchas y cintura fina. Su tez es olivácea y su pelo, negro como el azabache y muy largo, aunque siempre lo lleva recogido en un moño. Es diez años menor que mi padre y, encima, aparenta muchos menos de los que tiene, sin embargo, es una buena persona y me cae bastante bien.

 -Creo que unos churros.- contesto yo, comiendo con los ojos el plato de mi hermano.

 -Muy bien.

 Ella vierte en una taza un poco de chocolate espeso y humeante, y coge la bolsa de churros del congelador, no sin antes de que las tostadas salten, dándola más trabajo. Estoy a punto de ofrecerme a ayudar, pero me detiene.

 -No te preocupes, no es necesario. - coge las rebanadas y las pone en un plato mientras se calienta el aceite de una sartén. Si Margaret es reconocida por algo, es por su talento en la cocina. Me permito el tiempo en el que prepara mi desayuno para mirar a Gavin.

 -¡Caray! - exclamo.- ¡Tienes una pinta horrible!

 Él frunce el ceño.

 -¿Gracias?

 -De nada, hombre. - sonrío con autosuficiencia.

 Y es que no miento, su pelo castaño está totalmente despeinado, su tez, blanca como la cal, y tiene unas ojeras enormes de un color violeta claro, pero visible. Probablemente llegó a casa hace un par de horas después de una noche frenética, aunque estoy segura de que, de ser así, estaría en la cama aún. Yo me fui antes de aquella fiesta, mucho antes, por lo que he dormido más.

 - ¿A qué hora llegaste anoche? - le pregunto con curiosidad.

 -Hace tan solo un rato. Margaret ya estaba despierta, pero hemos hecho un pacto. - hace una pausa para mirarla con complicidad. - Si papá te pregunta, a las tres ya estaba aquí.

 Pongo los ojos en blanco, pero asiento.

 -Entonces, ¿no has dormido nada?

 -Nada de nada.

 Sacudo la cabeza. Gavin es la persona más testaruda que conozco, pero me alegro de que sea mi hermano. Cuando llega mi ración de churros y mi tazón de chocolate, lo devoro todo sin molestarme en soplar, quemándome la boca.

 -Comes como un cavernícola, Dake. - comenta él, riéndose.

 -Al menos yo no parezco uno - le devuelvo el golpe sonriente, haciendo que se calle.

 Como he acabado, cojo los cacharros y los meto en la pila sin demasiado cuidado, cruzo los dedos para no haber roto nada y subo a mi habitación.

 Me tiro en la cama sin hacer, preguntándome como pasar ese aburrido tiempo que dista entre el desayuno y la comida. Podría salir a correr, pero mucho me temo que con la llegada del verano eso se acabó. Papá me lo prohibió hace dos años, cuando me desmayé en el parque un día de finales de Julio, no olvidaré el susto que les dí a él y a Gavin. También podría dibujar, aunque no es que esté muy inspirada para ello. Dibujar es algo que compone mi vida, desde los siete años me dí cuenta de que eso y el atletismo era lo mío. Luego está la opción de llamar a Angie o a Megan, pero creo que dormirán hasta la una o las dos de la tarde, y no me extraña, cuando me fui anoche, las dos ya estaban borrachas. Creo que me quedaré con la segunda idea.

 Me levanto y abro la ventana para que el cuarto se ventile. Después mi armario para coger lo primero que pillo. Unos vaqueros simples y una camiseta cualquiera de manga corta. Cojo mi cuaderno, mi móvil y mi caja de pinturas, regalo de Margaret en las pasadas navidades. No cojo nada más, no creo que haga falta. Tras gritaren dirección a la cocina que me voy al parque a dibujar un rato, salgo por la puerta principal. Fuera hace calor, y el sol me da de lleno en la cara, ahora echo de en falta una goma para recoger mi abundante pelo. No hay mucha gente en la calle, cosa que no me extraña, a estas alturas del año, el mundo se pone de acuerdo para amontonarse junto al aire acondicionado, sintiendo como este les refresca la cara. Mi perspectiva cambia al llegar al árbolado parque, pues está repleto de niños juguetones, de deportistas no tan niños, de madres o padres con sus bebés en sus respectivos carritos. También hay otros, artistas creativoaficionados como yo que escriben, dibujan, o se limitan a leer un buen libro o a meterse de lleno en la música que sale de sus auriculares. Yo escojo un árbol cualquiera, pero con una fresca y abundante sombra en la que resguardarme de los rayos ardientes del sol, y me siento, con mi espalda apoyada en el tronco. Abro mi bloc de dibujo por la primera hoja que encuentro vacía, casi al final del cuaderno, y saco un lápiz afilado de la caja, esperando encontrar pronto un golpe de inspiración.

 Pero no lo encuentro.

 No sé cuanto tiempo llevo sentada aquí, sólo sé que tengo el trasero dormido y que no siento las piernas, sumándole a eso que no me sale nada. Doy golpecitos con el extremo liso del lapicero con gesto aburrido contra las anillas del bloc.

 Miro a mi alrededor, frustrada por mi falta de ideas. Podría dibujar el pequeño lago artificial, pero mucho me temo que eso es algo que ya hice; el árbol que tengo en frente también; al igual que un grupo de niños riéndose mientras juegan a la pelota. Estoy a punto de rendirme, recoger mis cosas y largarme. Pero algo pasa frente a mí. Es un chico montado en su skate, dándome así una pequeña idea, me quedo con su cara, la expresión de su mirada al hacer lo que le gusta hacer, con su cabello despeinado al viento, de un color que contrarresta contra las copas verdes de los árboles, un castaño chocolate intenso. Lo mejor de esto no es el chico, es la conexión que establece con su monopatín. Es como si fuesen una sola persona, como si este fuese su mejor amigo o algo así. Es algo mágico. Sin embargo, el muchacho desaparece tan rápido como ha aparecido.

 Pero tengo lo necesario.

 Hago trazos suaves, rápidos, creando una base simple, los detalles van después. Me concentro mucho, muchísimo. Tanto es así que cuando quiero darme cuenta, las dos y media decora el reloj de mi móvil. Suelto un resoplido, debo volver a casa antes de que papá se preocupe. Recojo todo y camino. Cuando llego, estoy sudando por todos lados del calor que circula en las calles de forma intensa. Creo beber el agua de toda una semana, después de comer, subo a mi cuarto.

 Paso el tiempo centrada en mi dibujo, sabiendo que a las siete he quedado con Angie, iremos al cine. Ella insiste en ver una comedia romántica mientras yo prefiero una película de acción. Aunque eso ahora no importa. Lo que importa es otra cosa, otra cosa que me come el coco todo el tiempo. Sus ojos. He olvidado el color de sus ojos.

 Eso es algo que no puedo permitir.

 Suspiro, debería darme vergüenza. Quizá sea demasiado exigente conmigo misma, pero sé que sus ojos eran impresionantes, y que yo los he olvidado como una idiota. Centrándome solo en su estúpido monopatín negro. Me alarman dos toques en mi puerta. Es Gavin.

 -¿Tú no te ibas hace cinco minutos? - luego se ríe.

 -¡Oh, mierda! - le cierro la puerta en las narices y deshago todo mi armario en busca de otra cosa menos sencilla. Para una persona como Angie, la moda es un imprescindible de las chicas de nuestra edad. Es algo en lo que no coincidimos para nada. Al final cojo unos pantalones cortos vaqueros y una camiseta blanca de tirantes con volantes. Después me calzo con unas sandalias romanas. No quiero ir. Pero voy.



 La película ha sido un completo muermo, pero Angie no deja de parlotear sobre lo bonita que le ha parecido y lo mucho que le ha encantado.

 -La mejor parte ha sido la boda. - dice emocionada, pero no la presto atención. - No puedo creer que su madre apareciese allí.

 Sigue hablando, pero yo estoy en otra parte, estoy al final de el callejón por el que pasamos. Angie se da cuenta de mi falta de interés, pero continúa.

 -Y cuando ha decidido con quién quería casarse, guau... -habla sola, yo le miro a él. -Y también la parte en la que la niña del exorcista aparecía y los devoraba a todos. - asiento. - ¡Dake!

 -¿Qué...? - pregunto distraída. Ella mira hacia donde yo me he quedado embobada.

 -¿Qué pasa? - pregunta extrañada, yo también frunzo el ceño, hace una milésima de segundo... hubiese jurado que estaba ahí, que se escondía en una esquina y después, nada. Ha desaparecido otra vez. Y su color de ojos no han salido a la luz. Ella se encoje de hombros, pero no comenta nada más. Pero yo no dejo de pensar en lo mismo, una y otra vez.

 -Nada, nada.... - me aclaro la garganta. - Tranquila.



 Abro mis ojos de madrugada, cuando una fresca brisa inunda las calles. Me obligo a cerrar la ventana, pues el frío entra en mi cuarto y me pone la piel de gallina. Suspiro, empañando los cristales, luego me doy la vuelta. Me doy la vuelta para ver que algo o alguien se ha metido en mi cuarto, y está escondido entre las sombras. Pero oigo su respiración, y la siento.

 -¿Hay... alguien ahí? - susurro.

 -¿Crees que te contestaría que sí un ladrón o un secuestrador si preguntases eso en tu casa de madrugada? - dice una profunda y grave voz, que parece tranquila, y serena. Me sobresalto.

 -¿Quién eres?

 -Creo que para eso tampoco obtendrías respuesta.

 -¡¿Quién eres?! - alzo el tono.

 -No te conviene despertar a nadie, te lo advierto. - estoy a punto de chillar, pero él me tapa la boca con su mano, que está fría. -Shh... Shh... Si colaboras no te ocurrirá nada. - me guiña un ojo, aunque no puedo verlo en la oscuridad. -hora de irse. - y entonces hace algo que me deja sin aire en los pulmones. Me coge en brazos y se tira por la ventana.

sábado, 5 de enero de 2013

Capítulo 0: Corre.

 Mis pies son de goma, no los siento, se moldean dolorosamente a forma del pavimento. Mis pulmones también tienen los efectos secundarios del esfuerzo, pues arden a cada inspiración y espiración que realizo agitadamente. Necesito parar, necesito hacerlo, pero no puedo. Sin embargo sé, como se puede saber en los sueños, que no corro un peligro real, que no me pasará nada. Pero me siguen. Y debo huir. 

 Ya puedo ver su gran sombra, más oscura que una sombra normal, también más siniestra. Aún no le he visto la cara, pero con haber visto sus pies intentando pisarme, aplastarme y así matarme, me basta. No miro atrás ni una vez más. Creo sentir su desagradable aliento a azufre respirando en mi nuca, pero sé que si vuelvo mi mirada, estaré perdida. 

 El paisaje ha cambiado de repente, ya que los sueños son así de irreales. Ya no son calles las que atravesamos, son las ruinas de estas mismas, puedo verlas, y olerlas, pues aún huele a cenizas y polvo, a guerra y misiles. Miles de disparos y bombas que han terminado por destruir todo lo que conocía y había a mi alrededor. Esto lo veo de forma fugaz. Pues la sombra del mal aún me pisa los talones. 

 <<¡Vete! ¡Déjame tranquila!>> desearía poder decirle, pero sé que no tengo fuerzas suficientes para hacerlo. No entiendo ni siquiera cómo puedo seguir corriendo de esta forma si siento como si me muriese poco a poco. Intento parar aunque eso signifique mi muerte directa, pero, sin embargo, mis piernas no responden y continúan moviéndose. La sombra se ha ido, ahora es otro el peligro que me acecha. Frente a mí hay un enorme barranco, a unos 200 metros. No puedo parar, no puedo. 

 Comienzo a desesperarme, intento tropezar, pero debido a mis clases de atletismo, soy demasiado habilidosa, intento coger una ruta con tantos obstáculos que ni siquiera yo pudiese con ellos. Pero salto y salto, unas zancadas sobrenaturales que me hacen acercarme cada vez más a la gran caída mortal. 

 100 metros. 

 Sigo corriendo, sin cesar. 

 50 metros. 

 Otra opción sería desmayarme por falta de aire, pero a pesar del dolor de respirar, no lo hago. 

 20 metros. 

 El pánico recorre mis venas, el sudor frío todo mi cuerpo. Quiero llorar, pero eso es algo que tampoco puedo controlar. Mi cuerpo decide por mí. 

 10.

 Grito.

 9. 

 Sigo gritando.

 8, 7, 6.

 Estoy perdiendo mis esperanzas por completo, me rindo. 

 5, 4, 3.

 2. 

 Me dejo caer al barranco. 

 1.

 Sin embargo, no caigo, despierto.